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martes, 24 de diciembre de 2013

En la esquina de la impotencia

 
Ganándose la vida en las carreteras de polígonos, vistiendo minifaldas y escotes que servían de cartera, botas hasta las caderas y melena suelta. La imagen de una mujer despampanante que entregaría su cuerpo al primero que pasara, ya fuera obrero, empresario u oficinista. Una ventanilla se bajaba y una mujer se subía. Aquel sudor evaporado nublaba su vista. Sus sueños estaban manchados por la lefa de aquellos hombres que no veían más allá de una vagina cuando la miraban, que gozaban al oír los gemidos fingidos que camuflaban la impotencia que nadie se paraba a escuchar. La miraban pero no la veían... No la escuchaban, tan solo la oían... Sintiéndose tan mierda que a pesar de tener un cuerpo de escándalo y un corazón enorme, cada vez cobraba menos a los hombres. Y ellos se aprovechan, las nalgas le azotaban, mientras le gritaban puta y le susurraban guarradas... Quizá si alguno se hubiera dejado 20 pavos más destinados a conversar, en vez de a follar, habrían podrido disfrutar de otra manera, más moral, haciéndole sonreír a aquella mujer buena, que se preocupaba por ganar monedas para que sus hijos tuvieran un hogar donde dormir y soñar. Un día más la realidad la golpeaba, maltrataba sus esperanzas y rompía a llorar, aunque pronto se recomponía pues sabía que de ella dependía que su familia tuviera un trozo de pan. Algún día esto cambiará, se repetía mientras seducía a otro tío más. Algún día él me mirará y me verá, me oirá y me escuchará, me tenderá su mano y de la calle, me sacará...

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