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jueves, 24 de mayo de 2012

Reflexiones en una cama

 Se descalza, se suelta el pelo, deja el móvil en la mesilla y se deja caer sobre la cama. Piensa: "Hoy ha sido un día intenso, lleno de emociones". El silencio que la rodea contrasta con el ruido que hay en su interior. Demasiadas voces, palabras, imágenes, momentos, consejos, opiniones... tanto que decir y no saber cómo empezar. Decide callarlas con música. Enchufa los cascos al móvil y sintoniza la radio. Suena una canción. Justo esa canción que hecho adrede o no, le viene como un guante. Se identifica. Empieza a entristecer y decide cambiar a otra emisora. Tres, cuatro segundos de margen, pero nada, no le apetece escuchar eso. Y así con otras tres emisoras... Mira el reloj pero el tiempo parece haberse detenido. Desconecta los cascos y vuelve a dejar su teléfono. Se tumba mirando hacia el techo. Una extraña aunque no nueva sensación se apodera de ella. Comienza a pensar en la conversación que ha tenido con él. En lo bueno, porque solo buenas palabras han sido pronunciadas y eso la hace pensar. No le gustaría hacerlo pero no lo puede evitar. Da mil vueltas a todo lo que le ocurre y más si tiene que ver con él. Él... y su imagen le viene a la mente. Sonríe como una estúpida. Su corazón late más deprisa y su cuerpo comienza a estremecer. Pasan estos dos años a su lado por la cabeza y los siente bien dentro. Ríe, cierra los ojos y se deja llevar. Profundiza en su mirada y se pierde... A continuación, como una nube que tapa el cielo soleado, recuerda los otros dos años que ha estado alejada de él. Se plantea lo peor que se puede plantear alguien en un momento así: ¿por qué?. No hay respuesta. Ocurre, simplemente, y hay que aceptarlo. Imagina la cantidad de momentos que no ha podido pasar a su lado, la de sonrisas suyas que se habrá perdido, la de veces que no habrá podido acariciar su cuerpo ni besar sus labios... Y de pronto, esa sensación tan bonita comienza a decaer. Se transforma. Cambia. Se convierte en una sensación de vacío. El corazón late lento y su cuerpo se enfría, incluso tiembla, haciéndose muy pequeño. El brillo de sus ojos se convierte en rojizo, y las lágrimas, débiles e inseguras, se depositan al filo de sus ojos, dejándose caer, resbalando lentamente por su rostro, dejando huella, como la que él le ha dejado. Cierra los ojos nuevamente, se arropa, encogiéndose, humedeciendo la almohada...


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